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Dinosaurios

Diplodocus: los fósiles que conquistaron museos y palacios

29 de octubre de 20265 min de lectura

Diplodocus: los fósiles que conquistaron museos y palacios

Un gigante con una historia a su altura

Imagina encontrar un hueso enorme en mitad del campo y comprender que solo representa una pequeña pieza de un animal gigantesco. Algo parecido les ocurrió a los paleontólogos que sacaron a la luz los primeros restos de Diplodocus, uno de los dinosaurios más reconocibles por su cuello larguísimo y su cola interminable.

Este herbívoro vivió a finales del Jurásico, hace unos 150 millones de años, en lo que hoy es Norteamérica. Era un saurópodo: pertenecía al grupo de dinosaurios de cuello largo, cuerpo voluminoso y cuatro patas que incluye algunos de los mayores animales terrestres conocidos.

Pero su fama no se explica solo por el tamaño. Detrás hay buscadores de fósiles, científicos que discutían cómo colocar sus patas y un empresario que convirtió sus réplicas en regalos internacionales. Su historia también cuenta cómo aprendimos a reconstruir animales que nadie había visto vivos.

El descubrimiento de unos huesos «dobles»

En 1877, Benjamin Mudge y Samuel Wendell Williston encontraron restos de este dinosaurio cerca de Cañon City, en Colorado. Al año siguiente, el paleontólogo Othniel Charles Marsh describió y nombró Diplodocus longus.

Aquellos trabajos coincidieron con la llamada Guerra de los Huesos, la intensa rivalidad entre Marsh y Edward Drinker Cope por descubrir y describir animales extinguidos. Las expediciones al oeste de Estados Unidos estaban revelando una fauna jurásica extraordinaria, y cada nuevo hallazgo podía acabar convertido en una pieza importante de aquella competición científica.

El nombre Diplodocus significa «doble viga». No alude a dos cuellos ni a una columna vertebral duplicada, sino a la forma de ciertos huesos situados bajo las vértebras de la cola, llamados chevrones.

Estos elementos presentan prolongaciones hacia delante y hacia atrás. Esa forma llamó la atención de Marsh, aunque después se comprobó que no era exclusiva de Diplodocus. Es una buena anécdota para pequeños exploradores: a veces, el nombre de un gigante nace de un detalle anatómico bastante discreto.

Carnegie y la búsqueda de un dinosaurio extraordinario

A finales del siglo XIX entró en escena Andrew Carnegie, el empresario y filántropo que financiaba el museo de Pittsburgh que lleva su nombre. Carnegie quiso conseguir un gran dinosaurio para sus colecciones y apoyó expediciones al oeste estadounidense.

En 1899, una expedición de su museo encontró en Sheep Creek, Wyoming, restos que resultarían fundamentales para conocer Diplodocus. El trabajo no consistía simplemente en desenterrar un esqueleto y llevárselo: los fósiles debían excavarse con cuidado, protegerse para el transporte y prepararse después en el museo.

Para entender aquel rompecabezas, conviene recordar tres cosas:

  • Un yacimiento no entrega necesariamente un animal completo. Pueden faltar numerosos huesos.
  • Los restos pueden aparecer separados. Hay que documentar su posición y estudiar a qué pertenecen.
  • Un esqueleto expuesto puede combinar información de varios ejemplares. Su montaje es una reconstrucción científica, no una fotografía del pasado.

Los hallazgos de Wyoming permitieron avanzar mucho más allá de los primeros restos fragmentarios. Además, darían lugar a una especie cuyo nombre homenajeaba al hombre que había financiado la búsqueda.

Hatcher, Holland y el reto de reconstruirlo

En 1901, el paleontólogo John Bell Hatcher publicó un estudio detallado y dio nombre a Diplodocus carnegii, en honor a Carnegie. Su trabajo describió los huesos y sus relaciones anatómicas, una tarea esencial para pasar de las piezas sueltas a una imagen razonada del animal.

Hoy vemos un montaje de museo y parece evidente dónde va cada parte. Para aquellos investigadores, muchas cuestiones seguían abiertas: ¿cómo se sostenía un cuerpo tan largo?, ¿cómo se articulaban las extremidades?, ¿qué aspecto tendría el animal completo?

A comienzos del siglo XX hubo incluso propuestas que mostraban a Diplodocus con las patas extendidas hacia los lados, de manera parecida a un lagarto. William Jacob Holland, director del museo de Carnegie, defendió una reconstrucción con las extremidades bajo el cuerpo, coherente con la anatomía de estos dinosaurios.

El debate recuerda algo importante: reconstruir un dinosaurio no es dibujarlo como resulte más espectacular. Las articulaciones y la forma de los huesos imponen límites. Las interpretaciones se contrastan y se corrigen; precisamente así avanza la paleontología.

Dippy: el dinosaurio que viajó sin sus fósiles

La historia dio otro giro cuando Carnegie impulsó la fabricación de moldes y copias del esqueleto. Así nació la celebridad de Dippy, el apodo asociado a la réplica de Diplodocus carnegii que llegó a Londres.

La copia londinense se presentó en el Museo de Historia Natural en 1905, como regalo de Carnegie. Otras réplicas llegaron a distintas instituciones, incluida la de Madrid, en el Museo Nacional de Ciencias Naturales.

Lo extraordinario es que el dinosaurio podía «viajar» sin trasladar sus delicados fósiles originales. Las copias permitían que investigadores y visitantes de distintos países contemplaran una reconstrucción del mismo animal.

Para muchas familias fue una primera oportunidad de entender sus dimensiones: una ilustración cabía en un libro, pero aquel cuello y aquella cola ocupaban una sala. Diplodocus dejó de ser únicamente un nombre en publicaciones científicas y se convirtió en un embajador de la paleontología.

Brachiosaurus a tamaño real en Dinolandia

El saurópodo de cuello alto de Dinolandia, pariente lejano de Diplodocus.

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